53º Día: Bye, bye Malaekahana



2 de Marzo: Adiós gallo despertador, adiós gata Gordis con tu maullido matutino, adiós a sentir las olas romper cuando nos dormimos, adiós comunidad gatuna - Pipitino, Samoano, Newman, Peluche, Cazador Furtivo, Gris-, adiós a nuestros 20km diarios en bici a través del campo del norte de Oahu, adiós Malaekahana, adiós. Uno se da cuenta de lo que tiene, de lo vivido una vez que pasó, siempre cuando se acabó. No es justo ni para uno ni para lo que momentáneamente se posee... este sitio precioso y calmo; iba a echar de menos a los gatos pero estaba preparada para vivir una nueva aventura.
Me acerqué hasta la comfort zone para despedirme de ellos y les dejé la silla de lona que nos habíamos encontrado en New York, escribiendo en el respaldo CAT THRONE junto al dibujo de una corona, para que nadie se las quitara. La Gordis se despidió de nosotros cuando nos despertamos y ya no volvería a encontrarnos al volver a la plaza de camping; me pregunto qué pasará por la cabeza de un gato cuando vive una situación así. ¿Cómo la enfrentará la gata Gordis?, ¿cómo reaccionará cuando se de cuenta que nuestras cosas ya no están... que ya no volveremos más?
Sin desayunar, porque nos habíamos levantado bastante tarde, empezamos a desmontar la tienda como las veces anteriores con la diferencia que en esta oportunidad, la guardábamos sin saber si la volveríamos a abrir otra vez. Nos deshicimos de cacharros, almohadas, propano, cooler y demás cosas que nos acompañaron durante nuestro mes y medio de acampada por las islas, dejando todo en la comfort zone con un cartel anunciando que eran free items, para que otros los aprovecharan. Hoy llegaba el fin de nuestra camper life.
Con todos los bártulos preparados, dejamos las bicicletas atadas en la entrada del camping y con las mochilas cargadas en la espalda, la tabla de surf en su funda, la tienda en la suya y una bolsa con comida en mi mano, nos posicionamos junto al cartel de entrada al camping, pegados a la Kamehameha Highway. Con nuestro puño cerrado y el pulgar apuntando hacia la costa norte, empezamos a hacer dedo/auto-stop/hitch hiking, ya que The Bus no nos dejaba subir con la tabla. El día era caluroso, el sol del mediodía calentaba con fuerza y mis cables comenzaron a hacer cortocircuito después de pasar una hora esperando, sin sombra. La indignación al ver cientos de coches pasar y ninguna intención por su parte en parar, me calentaba aún más la cabeza y le pedí a mi compañero que dejara la tabla en la recepción, para poder pillar el próximo bus que pasara. Al hacerlo, le preguntó a la doña de turno si nos podía llamar un taxi y le respondió que no tenía el teléfono. Un encanto la inane señora. Media hora más de espera hasta que un buen samaritano conduciendo una furgoneta, nos cargó con las cosas en su caja para llevarnos justamente hasta Shark's Cove, mientras escuchaba el sermón de Alex sobre tomarme las cosas con mejor humor sin poder evitar aceptar, que tenía razón.
Llegamos a la casa de nuestra anfitriona solo a soltar nuestras cosas en la habitación, para coger el bus de vuelta al camping a por las bicicletas y la tabla. Por la noche nos quedamos cenando en nuestro nuevo hogar, sentados cómodamente en una cama después de varias semanas durmiendo en el suelo, agotados por el largo día de mudanza. 


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