33º DÍA: Subiendo a Mauna Kea


11 de febrero: Partimos al mediodía desde nuestro hogar en Arnott's Lodge, ya que habíamos comprado la excursión en el mismo albergue-camping a un precio bastante más económico al menos, de lo que marcaban las revistas con descuentos, para subir hasta la cima del Mauna Kea, la montaña blanca y panteón de ancestros hawaiianos, desde donde cientos de astrónomos estudian hoy las estrellas. Nuestra misión era subir como los nativos en busca de nuestro mana -poder divino-, sentir la conexión entre el cielo y la tierra, ver el atardecer desde la cima del volcán y observar los astros y lejanos dioses en la oscura noche, sin grandes telescopios. 

Liliuokalani Gardens
La primer parada que realizamos fue en los jardines de la Reina Liliuokalani,
junto a la bahía de Hilo, para escuchar al conductor-guía contarnos sobre el tsunami que asotó la costa de la ciudad y luego recorrer, un precioso y cuidado parque con lagos, atravesando sus puentes de estilo japonés para echar fotos a pagodas, fuentes y árboles banyan. Una breve parada en el Wailoa River State Park para echarnos una foto con el rey Kamehameha y luego en la cascada Rainbow, donde la leyenda cuenta que en la cueva justo debajo de ella, moraba Hina, la madre del dios Maui. Nueva parada en un 7eleven cercano, para comprar las provisiones y comenzar así, el ascenso por carretera hacia la montaña más alta del Pacífico. Recorreríamos unos 4.200 metros durante dos horas, haciendo breves paradas para pedir permiso a los dioses antes de ascender, sentir el leve cambio de clima al echar fotos al Mauna Loa y finalmente llegar hasta el Visitor's Center, donde paramos un largo rato para comer. Antes de que atardeciera, continuamos camino arriba hasta la cima para ponernos la chaqueta de abrigo y tirarnos bolas de nieve... increíble, nunca había visto en mi vida tanta nieve junta y vengo a hacerlo justo en Hawai'i, donde el clima es tropical. El día anterior me había enterado en el Astronomy Center como la diosa Poli'ahu había ganado terreno a Pele, conquistando la cima del Mauna Kea y estableciendo su residencia en invierno con un blanco manto, que cambia a rosa y dorado durante el verano. Fotos desde varios ángulos a las grandes bolas metálicas de los observatorios astronómicos que decoran la cima y aparcamos para que Alex me abandonara, sin previo aviso junto a la furgoneta, mientras se marchaba a escalar hasta la cima total del Mauna Kea, sin mí. Un encanto el chaval. 
Cima total de Mauna Kea

Me quedé junto al resto de turistas muerta de frío dentro de la furgoneta, esperando que el sol cayera sobre el blanco manto de bruma y nieve, reflejando naranjas, rojos y morados sobre nosotros. Una vez acabado el espectáculo, regresamos todos a la furgo que nos condujo hasta una estratégica posición del conductor-guía, desde donde nos enseñó con un láser, estrellas de navegación que guiaron a los polinesios en sus viajes como también nuestras conocidas constelaciones. Entre el cabreo por el abandono de mi compañero, el cansancio del viaje y la falta de oxígeno, mi regreso y el de unos cuantos hasta lo de Arnott, fue reposando nuestros sueños en el cabecero de la furgo.

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