29º DÍA: Big Island, vuelta por la isla madre

7 de febrero: Aunque parezca mentira nos levantamos a las 6.30 de la mañana, sencillamente porque teníamos el vuelo a las 11 y aquí en esta isla, con los atascos que suele haber, nunca se sabe. Encima ayer cuando veníamos por la carretera Alex le pasó por encima a una botella de cristal pero por suerte, no pinchamos… lo último que nos faltaría, ya. Recogimos lo que quedaba –cazos, tuppers, almohadas- y desmontamos la tienda. Alex envolvió la tabla para protegerla de los manazas del aeropuerto, saludamos a nuestro vecino el rengo y estábamos ya listos para partir a desayunar. Paramos en el rey de la hamburguesa en Kahului, totalmente tentados por un anuncio que escuchamos en la radio. Terminada nuestra dosis de comida basura, fuimos directo al aeropuerto. Como es usual, devolvimos el coche en Alamo por última vez ya que nos dimos cuenta que alquilando y pre-pagando a través de la web española de Hertz, nos costaba más barato y hasta con el seguro LIS (que no sé qué es, pero en fin, un poco más asegurados estamos). Luego del shuttle, Island Air check in y embarque, nos quedamos esperando una hora y media mientras Alex daba vueltas con el portátil en la mano cual antena parabólica, intentando encontrar señal wifi pero aquí en Piji-Maui, todo se paga.
Embarque aeropuerto Kona
Nos subimos al avión, que más que avión era una avioneta y a la media hora, ya estábamos aterrizando en la última isla por descubrir, Hawai’i, más conocida como Big Island. El aeropuerto del oeste nos recibió en la calurosa y soleada Kona donde luego de caminar 200mt por debajo de galerías, prácticamente al aire libre, llegamos a la zona de recogida de equipaje y ya estaban esperándonos las mochilas y la tabla, dando vueltas en la cinta. Acostumbrados por las otras islas fuimos directamente en busca de los shuttle para llegar a la oficina de Hertz, recoger nuestro Chevi Cobalt blanco y sin confusiones, cogimos la carretera 19 para ir hasta los campings del County y de paso, ver el océano en busca de olas.
Como el swell sigue siendo este, al igual que lo fue durante casi todo este mes en el archipiélago, el mar estaba bien plato en la costa oeste de Kona. La carretera que encontramos al salir del aeropuerto, atravesaba una enorme extensión de negra tierra volcánica, curiosamente decorada con inscripciones que la gente hacía con piedras blancas, formando frases, nombres y dibujos. Nuestra primera parada fue en el Spencer beach park y no solo estaba lleno de gente (ya había visto en la web que no tenían disponibilidad) sino que también tenía menos capacidad porque lo estaban reformando y había gran parte del mismo en obras; continuamos camino hacia el norte hasta Mahukona beach park para echarle un vistazo y la verdad que no estaba nada mal. Lo que pretendíamos era comprobar si habría olas en aquella costa porque al ser una isla tan grande, cruzar de la costa oeste a la este son 160km… una pasada como para recorrerlos a diario... no-way. Seguimos nuestro recorrido hasta Hãwi y desde allí comenzamos a bajar por la carretera 250 hasta Waimea. Parada para el café de Alex y a través de la carretera 19, nos acercábamos ya más hacia el este, viajando en dirección sur hasta que giramos en un desvío creyendo que era Kolekole park pero en realidad, estábamos entrando en el pico del molino Hakalau Mill; una playa sin arena, solo olas entrando a un río en medio de un bosque tropical, atravesado por un enorme puente de hierro, por donde pasaba la 19 Hwy. Aparcamos junto a unos que trapicheaban junto a una furgoneta, mirándonos con cara rara, mientras otros maniobraban las olas de la desembocadura. Seguimos nuestro camino vuelta atrás hacia Hilo y un poco antes de llegar, encontramos gracias a las indicaciones del cementerio chino, el pico de Honoli’i beach park y aquí si que había lindas olas. Nos quedamos un rato viendo la peña surfear olas teñidas de color marrón, que 
Pico Hakalau
entraban desde la bahía hacia la desembocadura de un arroyo, que caudaloso descargaba bastante agua hacia el Pacífico, gracias a las últimas tormentas que azotaron la zona de Hilo esta última semana, según nos informaba la radio.
La decisión estaba tomada, nos quedaríamos acampando en el windward side de la isla, más lluvioso pero más cerca de las olas y así fue que llegamos hasta Arnott’s Lodge. ¡Qué placer de camping! Cocina con microondas, vitro, nevera, tostadora, mesas para comer adornadas con lámparas que funcionaban con kerosene, cubos de reciclaje, duchas y lavabos con… ¡agua caliente! Baños con inodoro, todo, junto a un verde y pulcro césped donde acampar al mismo precio que en Piji-Maui. El clima nos dio tregua el tiempo justo como para montar la tienda y al terminar, empezó a llover sin parar. Como mucha cosa no podíamos hacer, fuimos hasta el Wal Mart en medio del diluvio a por provisiones y regresamos al camping; caía tan fuerte, que ni el limpiaparabrisas daba abasto lo suficiente con la tromba de agua, como para dejarnos ver la carretera.
Acomodamos nuestra comida en bolsas pero nos quedamos en la zona de las mesas, debajo del techo, porque era imposible llegar hasta la carpa. Alex terminó por remangarse el bañador cual pañal, porque al pisar aquel césped, la húmeda y negra tierra salpicaba bastante, así que corriendo ida y vuelta, debajo del aguacero, pudo traer lo que nos faltaba para cocinar la cena.